El código de prisión en Venezuela:Visita a Yare
En este artículo se analizan los códigos de relación propios de las cárceles venezolanas que se edifican sobre los códigos de hombría que rigen ya de alguna manera entre los jóvenes del barrio y que regulan el intercambio de violencia que estructura las relaciones sociales en la prisión.
La cárcel es un cementerio de hombres vivos. Cross-T
visita a Ratablanca
24 de febrero de 2008
Hay como más de una hora de camino desde Nuevo Circo en camioneta. Allí suben las mujeres cargadas con bolsas, niños, comida y bebida que preparan para sus familiares y novios. Es temprano, antes de las ocho de la mañana, caras sufridas, todas saben lo que les espera, y aunque es probable que tengan ganas de ver a sus hombres, el día será duro, cruel a la vista y al corazón, humillante con los guardias, cansado por lo largo del viaje. Hoy acompaño a Vilma a la prisión de Yare en Venezuela que va a visitar a su hijo Miguel alias Ratablanca, un rapero a quien he dado clases de vídeo y con quien he trabajado en un documental junto con la gente del colectivo cultural Tiuna El Fuerte, de Caracas1. Si no consigue algún beneficio penitenciario como el traslado a un centro de desintoxicación, Miguel tendrá que pasar en la prisión el resto de la condena por asaltar a un taxista, dos o tres años más.
Al llegar nos escriben un número con rotulador negro en el brazo, yo soy el 494, un cálculo por la cola y por la hora nos hace aventurar que el número de visitas puede alcanzar fácilmente las 600 más los niños. De nuevo otra cola al sol para esperar turno, y al final dos sellos en los brazos.
La cola de las visitas masculinas, es casi inexistente. Los hombres a penas visitan a los hombres en la prisión. En la cola de las mujeres se habla de las normas sobre la comida, si hay que abrir o no los panes, qué hacen con la mantequilla los guardias para saber si oculta algo… Al final, y por la disparidad de experiencias, concluimos que el proceso de requisa es, hasta cierto punto, arbitrario. Alguien explica que a una mujer le encontraron balas en la comida. Otra protesta por tanto registro, para qué buscarnos armas o prohibirnos traer un jersey si la cárcel está llena de las más variadas armas y drogas absolutamente a la vista. Todas en la cola asienten, y supongo que la respuesta flota en el aire: para que sean los propios guardias los que se las proporciones. Tenemos tiempo de hablar, estamos casi una hora haciendo cola, que más los registros de la comida y los corporales nos lleva entre hora y media y dos horas entrar en la prisión. Ante la presencia de una novata, yo, las mujeres se complacen en explicarme experiencias, propias y escuchas. Yo, después de oírlas, casi deseo que no lo hubieran hecho, sólo me pone más nerviosa. Sobre todo, los relatos de una señora de unos cincuenta años de pelo negro surcado de canas. Ella estuvo retenida como rehén durante once días dentro de la prisión durante un motín. Otras cosas les pasan a las visitas, las más horribles: un bebé violado y una mujer y su hija muertas por la explosión de una granada. Cuál fue la reacción de los presos: uno de los autores de los hechos fue “picado en pedacitos de este tamaño”, explica la mujer separando un poquito el pulgar del índice. Luego me vuelve a explicar la historia de un recluso a quién cortaron la cabeza y después de arrancarle el corazón se la metieron en el estómago. Según ella, se la contó un guardia, yo ya la había oído y no me la creí, pero las organizaciones de derechos humanos cuentan historias parecidas. Cuentos para no dormir, que pueden coger forma cualquier noche inquieta en el infierno de Yare. La mujer canosa lleva nueve años visitando a su hijo. “Te vas endureciendo”, comenta Vilma, “para sobrevivir”.
bienvenidas a Yare
Entramos, en la puerta nos registran la comida, algunas cosas mejor que otras, no me parece imposible ocultar cosas. Después aún pasamos a unos cuartos diminutos, donde nos hacen quitarnos los pantalones, bajarnos la ropa interior y saltar y agacharnos.
Por fin dentro, Miguel hace buena cara, al menos está todo peinado con raya al lado y pelo más corto de lo que lo conocía, camisa clara y bien limpia. Es un gesto, lo hace por nosotras pero también, porque dentro de la prisión se encuentra con los evangélicos. Es la mejor forma de sobrevivir allá dentro.
La primera impresión es ciertamente impactante. Lo primero, por la cantidad de niños de visita que ocupan los columpios de la entrada y corretean de aquí para allí, como un par de niñas en bikini y descalzas que luego descubro bañándose en una piscina de plástico que el “hampa” de un módulo –los que controlan el negocio de drogas– han comprado para el día de visitas. El ambiente festivo contrasta con el número de armas a la vista, algunos pasean en brazos a los niños con la pistola en el cinto o en el pecho. Sin embargo, los guardias brillan por su ausencia más allá de la puerta del penal.
Al principio no fijo demasiado la vista en los hombres armados. No sé bien los códigos de miradas y no quiero levantar suspicacias, así que intento no mantener la vista demasiado atenta a las armas y no mirarles directamente a los ojos, aunque esto último también debo reconocer que es por miedo. Realmente estoy intimidada. Sé de la regla de no disparar los días de visitas, sobre todo por los niños, pero aún así, el miedo hace su camino por dentro. A medida que pase el tiempo queda a un lado y la curiosidad puede más. Miro a alguno a los ojos, casi sin querer y me sonríe, sobre todo porque está bailando salsa con una escopeta de repetición. En los primeros pisos, de la torre de Miguel, jóvenes armados juegan con las armas. La muestran, la manosean y la frotan, uno tiene el extremo en la boca y se acaricia con ella el labio. Escopetas, recortadas, pistolas de tambor, de carga, grandes y pequeñas. Todos la exhiben como en una especie de competición, se aferran a ellas porque creen que es lo único que tienen, una especie de pasaporte que lo mismo les protege que les introduce en un mundo de códigos, batallas y retos de fuego inapelables que conduce a menudo a la muerte. Yare es considerado uno de los penales más peligrosos del país, el año pasado murieron 34 reclusos y 85 fueron heridos, una porción considerable de los casi 500 que fallecieron en todos los penales venezolanos donde se desesperan 21.000 personas (Observatorio venezolano de prisiones, 2007:3).
música y ruinas
La música alta está presente en todas partes, en la parte exterior con dos altavoces gigantes, en los pisos de los módulos cada quien tiene su equipo, hasta en la celda de Miguel hay una radio donde suena una especie de rock evangélico.
El aspecto de los edificios, construidos en los años 70 y sin mantenimiento de ningún tipo, tampoco resulta excesivamente tranquilizador, están todos cubiertos de impactos de bala y llenos de boquetes. La escalera que lleva a su celda, de metal oxidado, se está cayendo en algunas partes. El aspecto fantasmal se refuerza con el hedor a orín y a basura de algunas partes, y con la basura acumulada que en determinadas zonas crece en forma de montaña. Justo al lado del recinto están construyendo una cárcel nueva con lo que supongo mejorarán las condiciones de vida de los reclusos, sólo espero que sea una buena oportunidad para reducir la violencia.
de lo divino y lo mundano
Aparentemente todos los módulos están abiertos porque es día de visita, normalmente son los propios presos que controlan el territorio, cada módulo, los que abren y cierran las puertas y regulan el acceso. Miguel se puede pasear por casi todas partes con la condición de que lleve la biblia en la mano y la exhiba para que los demás lo puedan identificar rápidamente como evangélico, sin embargo hay zonas por las que no se aventura. – Aquí no me conocen y yo no conozco – explica como razón. Si hay dudas, podría recibir un tiro. Los otros, los “mundanos” que están en “el mundo” de las bandas se aferran a las armas como condición de supervivencia. Si es de noche o hay una situación de peligro los evangélicos tienen que gritar: “Cristo vive” para identificarse. Aparentemente este privilegio se les otorga porque, entre otras cosas, son los que recogen a los muertos.
El resto, “el mundo”, está dividido en “causas”: las bandas. Éstas se dividen en “luceros”, los que mandan y “pueblo”, el resto. Sólo por pertenecer a ellas automáticamente ya estás “enculebrao”, o sea, ya tienes problemas con el resto de los módulos y torres. Por ejemplo, Miguel me explicó que esos días había “culebra” entre los módulos del piso inferior y del piso superior y que el día anterior estaban disparándose. Las peleas que se dan pueden ser por problemas personales, normalmente por violación de los estrictos códigos propios de los presos que reglamentan la vida en la prisión, pero parece que sobre todo están causadas por cuestiones de control de venta de drogas y armas.
En la puerta de la torre donde se encuentra Miguel, dos mesitas franquean la entrada, la primera vez no consigo adivinar que exponen hasta que paso dos veces más por al lado y me atrevo a escudriñar. Allí en la mesa, además de un fajo de billetes sujeto con una piedra, se exponen piedritas blancas, crack, alineadas cuidadosamente en hileras y bolsas conteniendo otros tipos de droga, sobre todo heroína y cocaína, aunque también pastillas de diversos tipos. Al principio mi ingenuidad me hace confundir el puesto con otros de artesanía en los que los presos exponen su trabajo: muebles en miniatura hechos con latas de refrescos o cajas con formas de corazón decorados con flores hechas con papel de baño y forradas del mismo material. El crack es lo que más se consume porque es lo más barato, provoca un subidón muy potente rápidamente, aunque también una adicción muy costosa, extravía la mirada de quien la consume, deteriora rápidamente el cuerpo y el alma. Zombis, es el nombre que se les da a los adictos.
la celda de miguel
En el piso de los evangélicos no se ven armas, los hombres visten más discretamente y más aseados. Se acercan a saludarnos, Miguel nos va presentando. Algunos tienen muchas ganas de contarnos cosas y nos quedamos un rato hablando. Las puertas de las celdas están abiertas, en su interior y en los pasillos hay un gentío, un río de voces que sube por las paredes y se suma a la música que sale de distintas fuentes.
En su celda duermen once personas pero sólo hay cuatro camas, el “suelo queda cubierto por cuerpos”, explica Miguel, contento de tener, por fin, una colchoneta que le hemos traído. Los módulos de Yare I fueron construido para 400 reos pero actualmente lo ocupan 800.2
En el interior de la celda de Miguel hay una cocina eléctrica y una radio. Toda la comida que le traemos la pone en un sitio en común con el resto de alimentos que otras familias han traído. La solidaridad de los evangélicos es una buena manera de sobrevivir probablemente más útil que los enfrentamientos de los “mundanos” o no religiosos. Las paredes aparecen dibujadas frases e imágenes relativas a Jesús y a Dios, aunque en las celdas contiguas veo también muchas fotos de revista y textos escritos. Se parece mucho a las celdas de la cárcel abandonada donde fuimos a grabar el documental el año pasado. Tanto escuchar sus historias sobre el infierno de la cárcel y ahora lo estoy viendo con mis propios ojos. Miguel está un poco triste porque estaba un poco peleado con Duque, Kim y Harold y éstos no han venido a visitarle allí dentro. Me pasa una carta para Sara, una chica del barrio donde estuvimos grabando la serie. Más tarde descubro que a Sara también le gusta Miguel y quiere ir a visitarlo pero es menor de edad y la madre jamás le dará permiso para ir a verlo. Historias de amor del barrio.
Desde un agujero en la pared puedo observar una parte del patio mientras converso con Miguel y alguno de sus compañeros. Me hablan de la paliza que le dieron al chico que detuvieron con Miguel en la comisaría y que por suerte no se repitió cuando ingresaron en prisión –una especie de recibimiento habitual de los guardias– porque tuvieron la suerte de que ese día hubiese por ahí un fiscal que estaba controlando y que les acompañó hasta el interior. Los guardias sólo entran en los módulos en algunas ocasiones especiales y lo hacen armados con fusiles de asalto rodeados de medidas de seguridad impresionantes. Tampoco entran muchos funcionarios, casi todas las tareas dentro de prisión las hacen los propios presos. Pero según el código de prisión, un recluso cualquiera no puede hacer tareas manuales o de limpieza a riesgo de perder el respeto del resto. Así que normalmente las llevan a cabo las brujas –presos que no han conseguido pasar las pruebas de valor y que quedan marcados desde entonces con ese estigma–.
Vamos a dar un paseo por el interior por los distintos módulos. Además de la piscina, Miguel me explica que también hay peleas de gallos con apuestas y casi cualquier cosa que el dinero pueda comprar, menos la libertad supongo, si no la pudiste comprar antes. En otro módulo, en una sala enorme como de gimnasio, los reclusos se construyen una especie de tiendas, de separaciones con sábanas, hay más de cien, además para dormir, sirven para conseguir intimidad para tener relaciones sexuales.
Antes de irme hablamos del concierto que está preparando Miguel con el Tiuna dentro del penal, la Directora ya le ha dado el permiso. En la puerta, antes de despedirnos vemos unos hombres en huelga de hambre para protestar por su situación, están pidiendo el traslado a otra prisión. Llevan la boca cosida como medida de presión y están todos postrados bajo un toldo. Durante el año pasado hubieron 324 huelgas y motines dentro de las prisiones para protestar por las condiciones existentes y sobre todo por los retrasos judiciales, ya que más de la mitad de los reclusos todavía no han sido procesados y están en prisión únicamente a la espera de juicio (Observatorio venezolano de prisiones, 2007:8).
funcionamiento del código de prisión
Durante la elaboración del documental “Mi nombre es preso”, Cross-T y Ratablanca me fueron introduciendo en los complejos códigos que regulan la vida en prisión. La mayoría de los reclusos provienen de los barrios, y es fácil descubrir vías de contagio y paralelismos entre las normas del barrio y las formas de relación que se generan entre los muros de las cárceles, donde opera una suerte de código de la calle extremo, lo que podríamos llamar “el código de prisión” que permite manejarse en una situación de crisis permanente en condiciones de hacinamiento y penuria como las que se dan en las prisiones venezolanas. Este concepto resulta de una adaptación de un análisis formulado por Elijah Anderson (1999) quien sobre un trabajo de campo realizado en un gueto negro de Filadelfia describió el “código de la calle” como “el conjunto de prescripciones y proscripciones, de reglas informales, de comportamientos organizados en torno a una búsqueda desesperada de respeto que gobierna las relaciones sociales públicas, especialmente la violencia, entre muchos de sus residentes, particularmente los chicos y chicas jóvenes”3. La posesión de respeto – y la amenaza creíble de venganza– son altamente valiosas en tanto que “protegen” a las personas de la violencia interpersonal de la calle quizás de una manera un tanto paradójica (1999:9-10). Sobre esta definición hay que resaltar el hecho de que este código se aplica al comportamiento público –aunque se manifieste también en el ámbito privado donde existe, no obstante, mayor espacio para la negociación– y que es normativo sólo para un segmento de la comunidad, fundamentalmente para los varones jóvenes aunque haya un reverso femenino con un nivel de exigencias de carácter distinto. En tanto que el código supone una racionalización de las agresiones para manejar los encuentros violentos de una forma regulada podríamos decir que sirve para negociar el intercambio en público. Los bienes intercambiados: violencia física a cambio de respeto (1999:34).
volver a nacer
Un preso del penal de La Planta me comentó “cuando entras a la prisión tienes que aprender a hablar y a andar otra vez”. Atravesar los muros de una prisión implica un nacimiento, nacer a otro mundo, introducirse en un sistema de reglas nuevo, que requiere un aprendizaje intenso y de cuyo dominio depende la propia vida. Sin embargo, este sistema normativo extremo que regula las interacciones sociales de los presos, en contra de lo que pudiera parecer, no es el impuesto por las autoridades y el sistema penal en sí mismo, está fuera de la ley y contra ella. Es el creado por los propios internos y se ha generado en el espacio que dejan las normas oficiales cuando no pueden hacerse cumplir. Y esto se debe a que hace tiempo ya que los guardias apenas entran en el espacio propio de los presos y mucho menos, ejercen poder sobre el tipo de relaciones que se dan puertas para dentro. Violencia sí que utilizan, pero han perdido el monopolio y no la usan al servicio del cumplimiento de la ley. La mayoría de veces la violencia de los guardias tiene un componente de arbitrariedad y de excepcionalidad que sólo contribuye al clima de caos y anomia que impulsa la violencia entre presos y refuerza de alguna manera la necesidad de una estructura que de sentido a lo que acontece, cosa que se realiza fundamentalmente a través de una relación del código de prisión con la cultura de oposición. Es decir, impulsa un sistema regulatorio propio que se encargará de llenar el vacío existente y que además, adoptará la forma de una resistencia contra la propia institución. Lo habitual es que puertas para adentro, y una vez pasado el espacio que ocupan los guardias, sean los propios presos los que dicten las normas y los que ejerzan dominio y poder sobre el territorio del encarcelamiento mediante violencia física y psicológica. Al menos, eso es así en Yare, y según el resto de personas entrevistadas, sucede también en otros penales.
Sin embargo, considero que me faltan datos para entender plenamente cuál es el papel específico de los guardias respecto al orden de los presos, y sobre todo cuáles son sus interacciones y colaboraciones. Por ejemplo, los presos explican que los guardias son imprescindibles para la compra venta de armas o la distribución de drogas. Es probable pues, que la violencia y el orden de los presos sirva también a organizaciones de carácter mafioso o intereses de los guardias. Casi toda la información de este apartado ha sido obtenida a través de los internos ya que con los guardias el contacto era esporádico y difícil –tienen más que perder que los presos con sus informaciones– y además, respecto a su relación conmigo tales contactos podían comprometer seriamente mis relaciones con los otros informantes.
En este espacio, los presos se han dotado de su propia “rutina”, es decir, normas de comportamiento que establecen tanto lo que debes hacer como lo que no debes hacer y en qué momentos que constituye el contenido del código de prisión. Estos conjuntos de prescripciones son distintos según el grupo de pertenencia. Por una parte hay una estructura general de adscripción que divide a los que entran en evangélicos, mundanos o brujas. Normalmente tu identidad va a quedar establecida y fijada desde el momento de entrar a prisión.
ritual de hombría
Cuando llega algún preso nuevo tiene que pasar por un ritual de iniciación que lo va a clasificar según su hombría. Puede ser una pelea, normalmente a cuchillo y muy raramente con arma de fuego. Otras pruebas pasan por dejarse pegar en silencio sin gritar ni pedir clemencia. Es el caso del “túnel”, en el que tienes que pasar corriendo por un pasillo formado por presos que te van golpeando a medida que avanzas. La mayoría de pruebas resulta de una combinación entre daño físico y presión psicológica y es probable que incluso sea ésta última la más buscada. Así, los muchachos me explican que nada más entrar los presos les gritaban cosas como: –“¡Pasa ese pelito largo pa aquí! Te vamos a coger (a follar), ya tú vas a ver…”; o les hacían bromas como simular que les disparaban, o darles una pistola y decirles que tienen que enfrentarse a otros hombres armados, aunque luego la pelea no llegue a consumarse.
Si pasas estas pruebas de forma satisfactoria, es decir, si has demostrado valor, eres un hombre y no un “sapo” (soplón) o una “nena”, por poner dos ejemplos de nombres que se utilizan para negar la masculinidad, que es el valor en relación con el cual se definen el resto de relaciones y formas de comportamiento. De esta manera, entran a formar parte de la banda que les está probando.
Normalmente las bandas se dividen los sectores de la prisión según el territorio sobre el que ejercen una suerte de control por torres o edificios. También hay grupos más o menos difusos de identidad según el lugar de procedencia y con cierta capacidad de gestionar la clandestinidad de sus comunicaciones a través del uso y reinvención de las variantes del código de la prisión. Por ejemplo, en el Rodeo I, según Cross-T: “Hay distintas bandas, los Chinos, los Macacos, la Corte Negra, los Robapollos, el Tren del Sur, el Carro Negro… Tienen diferentes gritos de guerra, diferentes códigos. Por lo menos los Chinos o Barrio Chino son los caraqueños. Los macacos son los Mirandinos; los Robapollos de los Valles del Tui…”
brujas
Si no pasas la prueba de valor quedarás etiquetado como “bruja”, alguien del sexo masculino que no ha llegado a ser un hombre, y que por tanto, pone en entredicho su propia condición humana. Muchas veces se refieren a ellos como “fantasmas” e incluso con su reverso “cuerpos sin alma”. Las “brujas” podrían ser hombres pero no lo son y tampoco son mujeres, así que pertenecen a un limbo genérico. El resto los trata con desprecio lo que les convierte en rechazados y aislados en espacios cerrados y masificados y en condiciones de supervivencia extrema en el lugar de los expulsados de la sociedad.
Los trabajos manuales son considerados humillantes dentro de las rígidas jerarquías de prisión que impone el código, así que son relegados para las “brujas” que son los que “trabajan” según su acepción en la prisión –lavan la ropa, limpian las celdas de los otros presos y les hacen los recados, van a comprar cosas y similares–. Estas tareas, que a veces se pueden hacer a cambio de drogas o de otras cosas, alimentos, tabaco… permiten la supervivencia de las brujas y evitan al resto hacer esos trabajos que bajo ningún concepto pueden realizar los presos “mundanos” so pena de tener un conflicto de estatus. Los conflictos de estatus, como casi todo, se median o se negocian a través de la violencia, pero en la medida en que es la identidad lo que está comprometido, lo que se pone en juego es la vida.
Las “brujas” no duermen en las celdas, normalmente vagan por los pasillos y pernoctan en los espacios de tránsito o fuera en el patio. Estos lugares que no son, sino que son “entre”, representan el estado del ser liminal de las brujas que, al contrario que los otros presos, no pertenecen a ninguna banda, a ningún grupo, a ningún lugar y cuyo destino es el de vagar por los espacios de tránsito. Si embargo, paradójicamente, eso les otorga la posibilidad de moverse por la prisión más libremente que los otros, cuya identidad queda adscrita a un territorio al que están confinados dentro de la propia prisión, el de la banda. Por tanto, para ellos, la defensa del territorio y la banda constituye la defensa de la propia identidad y defender lo que uno es en la prisión es todo y aún más, es lo único. Lo que se es, es lo único que se tiene. Ni hay otro espacio, ni te puedes ir y reinventarte en otro sitio ni hay movilidad social. Por tanto, los mundanos han de pegarse a su propio espacio para evitar conflictos territoriales con otros presos y además, defenderlo frente a las intrusiones.
Las brujas, sin embargo sí pueden circular, debido a un motivo práctico ya que son los que hacen los recados para los cuales tienen que poder ir a la tienda de la prisión y otros lugares. Pero sobre todo, esta movilidad expresa en sí misma la pérdida del respeto y el desprecio de los otros presos. No tienen que estar pegados a ningún territorio, así como su identidad no está nunca en entredicho. Y esto es porque no tiene una esencia que pueda ser cuestionada, sino que en el núcleo de su existencia se encuentra una negación. Son el reverso tenebroso, lo que los demás no son ni quieren ser, lo que eres cuando no eres un hombre en prisión y no sabes defenderte. Sirve de reflejo negativo y permite la existencia de la identidad masculina en prisión como algo de realidad inapelable y cuya transgresión tiene consecuencias concretas.
El hecho de que hayan perdido todo respeto les convierte, además, en instrumento útil, ya que son los únicos a los que les está permitido hablar con los guardias, y a veces son los transmisores de determinados mensajes. La identidad de parias es una implacable destructora de su dimensión humana, el desprecio de los demás se pega a sus rostros y su mirada ligeramente extraviada, como representación de las peores consecuencias del código de prisión. En Yare vi alguno vestido con pijama y hablando solo. Sin embargo, no puedo dejar de pensar que quizás, a su manera, han conseguido escapar de algo, si no tienes respeto que perder, no has de regirte por todas las normas y cadena de compromisos y reparaciones inapelables que se establecen a partir de la defensa de la hombría y el mantenimiento del propio honor. ¿Podría ser la condición de una cierta libertad? El problema que se plantea aquí es como ser libre en soledad, en un vacío social en uno de los sitios más densos del planeta. Sin una sociedad que te de un lugar y que permita construirte como persona en relación a los demás, ¿cómo es posible ser alguien? La imposibilidad de ser libre sin ser alguien hace difícil escapar a los imperativos del código.
rescate
Pero el rito de iniciación y de clasificación no siempre es obligado. Una posibilidad es que si tienes dinero, pagas un “seguro”. Es decir, ofreces dinero para el que normalmente se establece un pago mensual a cambio de no tener que integrarte totalmente a la vida de prisión, y lo más importante, de no tenerte que regir por el código de prisión. Los que no tienen nada, han de “pagar” con su cuerpo, han de arriesgarse físicamente. Este es el caso de la inmensa mayoría de los presos que además provienen de los barrios.
Pero también hay otra posibilidad, que es bastante habitual: que alguien te “rescate”. El rescate es una especie de acuerdo tácito por el cual si alguien de uno de los grupos de la prisión te conoce, o recibe una llamada de otra persona de fuera de la prisión, no tienes que pasar ningún rito de iniciación. Por esa vía puedes ingresar directamente en una de las bandas o entrar a formar parte de los evangélicos. Si eras evangélico fuera de la prisión o tienes conocidos o vínculos entre los evangélicos presos, es posible que ellos te rescaten para que te unas a su iglesia.
evangélicos
Dentro de la prisión la religión tiene un peso específico importante a la hora de mantener el orden. En Venezuela hay distintas congregaciones cristianas protestantes que se identifican como evangélicas o evangelistas. Tienen un arraigo creciente sobre todo en zonas pobres, y están caracterizada por el proselitismo, un énfasis en la evangelización a la que se suma una experiencia personal de conversión que trata de dar ejemplo con la propia vida y una lectura e interpretación de los textos bíblicos como que se adopta como central para la práctica y la vivencia de la fe.
Los evangélicos en el interior de la prisión son el reflejo de otro modelo alternativo al “mundo” basado en la rectitud moral con valores cristianos y puritanos por los que son respetados pero plenamente integrado en el código de prisión. Por tanto en principio están a salvo de la cadena de peleas relacionadas con la pertenencia a bandas, aunque el estricto código de ofensas personales también es aplicable a ellos, por tanto, pueden verse envueltos en una riña si otro interno considera que se ha transgredido alguna norma que cuestiona su posición. Este respeto basado en que “están con Dios”, digamos que no se encuentran al mismo nivel que el resto, posibilita que los evangélicos posean una especie de salvoconducto que en principio les mantiene apartados de la violencia. Cuando quieren moverse de su piso o torre, tienen que llevar una marca de pertenencia, en este caso una biblia, que les permite la movilidad por el penal. A cambio de esta salvaguarda, el no estar en este mundo de violencia es representado en la práctica por un conjunto de prescripciones especiales que evidencian su pertenencia a lo divino –no pueden fumar, ni beber, ni consumir otro tipo de drogas, deben observar los tiempos de rezo, etc.–También suponen otro tipo de solidaridad frente a la de las bandas, un recurso para la autodefensa y la protección, aunque también provea de un cierto cuidado a las necesidades personales, aunque esa función de soporte mutuo no está formalizada. La solidaridad de los evangélicos en prisión impone reglas más estrictas para compartir, desde repartir entre los miembros de una celda la comida que los familiares les llevan hasta turnarse en las camas.
La movilidad por la prisión sirve también a propósitos prácticos, son los que retiran los cadáveres porque son los únicos que pueden pasar sin peligro hasta la puerta de entrada, donde los dejarán sin entablar relación con los guardias. Sin embargo, la protección especial de la que disfrutan supone al tiempo casi una cuestión de “ecología” de la prisión, sin la tregua que el código de la prisión consiente a los evangélicos, la guerra de todos contra todos haría mucho más difícil la supervivencia dentro. Así, ciertas plantas en las torres son espacios seguros aparentemente sin violencia porque están ocupados por religiosos, de manera que también sirven de separación entre bandas rivales y sirven para mitigar física o arquitectónicamente la posibilidad de confrontaciones.
modificaciones del estatus
Aunque también es posible cambiar de estatus durante la estancia en prisión –puedes pedir hacerte religioso o puedes convertirte en bruja por perder el respeto– lo más normal es que una forma de comportamiento inadecuada dependiendo de tu grupo de adscripción te conduzca a un enfrentamiento que te puede costar la vida. Esto no es una forma de hablar, el año pasado murieron casi medio millar de reclusos mientras que el número de heridos superó los mil –sobre una población de 21.000 (Observatorio venezolano de prisiones, 2007:8).
En cuanto a la movilidad ascendente, es complicada porque para ascender sólo puedes ser capo “volantero” –el que lleva el volante– y para eso tienes que matar al anterior y conseguir mantener el control, las armas y la venta de drogas, en una determinada zona.
Si en algún momento violas las prescripciones que el código impone tu identidad, estás en peligro, lo que podría suceder por ejemplo a un evangélico que se drogase. Los grupos de adscripción son rígidos, casi como castas, si el resto de presos duda de tu pertenencia, esto te dejaría en un espacio de identidad ambivalente. Pero en la prisión no hay lugar para la duda, eso podría hacer peligrar toda la rígida estructuración social. Ni siquiera la filiación de las brujas es dudosa, aunque habitan el entre, este ser de la frontera representa el reverso de la identidad del preso sea mundano o religioso. Si una persona amenaza las estrictas divisiones de adscripción social puede provocar la expulsión de tu celda o torre, no pertenecer a ningún lugar, estar en tierra de nadie puede significar la total desprotección, que acarrea graves consecuencias: o te conviertes en bruja, o puedes morir.
Según un preso de la planta entrevistado por el Tiuna, “Por lo menos, los mundanos, no pueden estar con trabajadores. ¿Por qué?, porque le mancha su rutina, eso está mal visto y te puede hasta costar la vida. Tú no te puedes relacionar con los trabajadores sociales, los vigilantes, si hablas con un guardia, tienes que matarte tú mismo, estas manchando tú rutina, y la rutina del preso es importantísima.”
el secreto
Si normalmente no se puede hablar con las autoridades es porque el sistema puede quedar al descubierto y por tanto, se revelaría un mundo de relaciones clandestinas. Así, las “luces” son gritos que establecen formas de regulación temporales que guían a los presos sobre lo que se puede y no se puede hacer en un determinado momento. Los “luceros” son los presos que tienen el poder de enunciarlas y su palabra es ley. “El pueblo”, el resto de presos, tanto mundanos como religiosos, tienen que acatarlas.
Si se enciende una luz, se entiende de que la clandestinidad de la vida encerrada puede verse alumbrada. Tanto si supone un estado de confrontación especial –lo que quiere decir que alguien puede morir, es decir, que va a salir del territorio de confinación– como cuando alguien del exterior entra, el punto de relación es con el afuera. El afuera es el que define las luces porque es contra ese orden que les ha confinado allí dentro contra el que se rebelan. Por ejemplo, cuando el grupo del Tiuna fue a la prisión de la Planta a instalar un sistema de sonido para que rapeasen algunos de los presos y con dibujantes de graffitis para decorar la zona, la luz “cantada” permitía a los presos ir con “chuzos” –armas blancas, la mayor parte de veces cuchillos caseros hechos con materiales afilables– pero no con armas de fuego. Los días de visita en Yare, en toda la prisión la “luz” no permite que se inicien tiroteos, aunque el despliegue de armamento es necesario para afianzar su identidad de presos.
Este lenguaje extremadamente metafórico con el que se expresa el código de prisión evidencia que la idea de oscuridad, de relaciones en la penumbra, de ocultación debe ser preservada a cualquier precio, porque en realidad, están protegiendo este espacio de rebelión contra los guardias. Si las figuras de poder no conocen el lenguaje y las normas de los internos, es difícil que puedan controlar el sentido de las relaciones que se producen allí. Esta condición de clandestinidad genera una especie de territorio libre, del único espacio quizás de libertad que puede darse cuando estás confinado y es el de regular los intercambios, de darle forma al sistema de reciprocidad, es decir, de estructurar la sociedad.
El fundamento de relaciones que se dan en la prisión está definido por la violencia. No como un medio de preservar la vida, sino de de lo que se trata, es de organizarla, de establecer un sistema en función de la conservación del poder o de la supremacía. En la prisión vale lo que enunciábamos para el barrio, donde la violencia, como intercambio de daño físico o moral es una forma expresiva y un signo que tiene función de moneda de cambio.
Este aspecto organizativo está relacionado con los códigos que allí se generan, e incluso se renuevan en ocasiones –cuando se considera que su sentido ha podido ser revelado o incluso se ha popularizado en el exterior– y que a fin de cuentas establecen un sistema de reparaciones. Quién debe morir y cómo, es el pegamento de la vida social en prisión cuyo código fuente es la violencia.
diccionario de prisión
Cuando uno entra en contacto con el mundo de prisión lo primero que percibe son las prohibiciones respecto al lenguaje. Un conjunto de palabras vedadas ha sido sustituido por otras, así, no se dice cucharilla sino metálica; mantequilla, sino resbalosa; olla se cambia por aluminio y sal por bahía. Y recordemos, como dice Monod, que al traducir el argot se cambia de mundo (Monod, 2002:107). Esta reinvención de las palabras sirve a un sistema complejo de ofensas que activa una secuencia de reparaciones que normalmente se resuelve mediante la violencia. El objetivo, otra vez, es preservar “la cara”, mantener “alta la moral”, salvaguardando la hombría. El medio puede ser el “chalequeo”, que como hemos explicado expresa una forma de humor a costa de otro, bromas sobre todo de carácter sexual que normalmente hacen referencia a la falta de masculinidad. No saber responder es perder el respeto, con todas las consecuencias que acarrea eso en prisión.
“Hay que saber caminar, las palabras son mal interpretadas, y de ahí viene el chalequeo. Por ejemplo, la olla en la prisión significan muchas cosas. Puede ocasionar muchos problemas porque la otra persona puede pensar que lo estás ofendiendo o que estás buscando problemas. Igual que la cucharilla: – Préstame la cucharilla”- Oye que pasa!, (respondería el otro) Para evitar un tipo de percance así (tienes que decir): – Préstame tu metálica. Igual que: – Entrégale la metálica a tal… Eso suena horrible: – Devuélvele. Entregar es cuando le entregan a uno a la policía) – Mira, pásale la mantequilla a él. ¡Ay! Ya te buscaste el lío con la persona: – Que le prestes la regalosa al otro convive. La sal, es para las brujas.” Hay que saber caminar, estamos presos… tenemos tiempo encerrados, nos amanecemos igual, hay veces que nos levantamos obstinaos. De pronto tienes una llamada de afuera y no puedes hacer nada. Te paras de mal humor, alguien se tropieza contigo: se está chocando… picando” (Preso de La Planta).
“Hay que saber caminar”, es una metáfora habitual que quiere decir que se necesita un dominio adecuado de los códigos hablados y proxémicos que pueden ser causa de enfrentamientos en la prisión. A nivel de expresión no verbal, mirar fijamente a alguien puede considerarse una falta de respeto; pasar demasiado cerca o tocar a otro en determinadas circunstancias, una violación del territorio propio y puede conllevar una pelea e incluso la muerte. Con la masificación, tomar una simple ducha activa todos los mecanismos de alerta. En Yare I, en el poco tiempo que se les concede para ducharse tienen que hacerlo unos 1.000 hombres y el menor roce termina en una puñalada. Es una situación que se repite casi diariamente después de escuchar: “me picaste”. Lo que implica esa expresión es reconocer públicamente un conflicto que parte de la noción de una de las partes de que la otra ha transgredido el código –el sistema de reglas y símbolos– que preserva su presentación social. Es decir, la persona considera que llegados a ese punto, sólo una reparación salvará su “fachada” pública. Lo que es preceptivo cuando se supera ese límite, como en el código de la calle, es un duelo que restituya el honor –la fama pública del hombre y por tanto, el aviso de que meterse con él implica problemas, una manera de asegurarse la supervivencia en prisión.
Indirectamente pero probablemente de importancia central, el conocimiento, dominio y despliegue del código de prisión establece una jerarquía entre los presos que llevan más tiempo presos y que por tanto, no sólo los controlan más, sino que probablemente, tienen mayor capacidad de transformarlos. El código, así, establece una jerarquía del tiempo encarcelado y está asociado a cuestiones de poder y estatus. Los que llevan más tiempo, también han sido capaces de sobrevivir más días las pruebas cotidianas que impone el encierro.
violencias
He querido establecer una relación entre los códigos de prisión, la hombría y la violencia que vinculan a la sociedad encarcelada. Pero no se puede evidenciar ese vínculo sin tener bien presentes las condiciones de vida en las cárceles como las gestoras de esa violencia. La precariedad vital que imponen las condiciones de hacinamiento, la falta de espacio y la escasez de recursos suficientes, como agua y comida, propician la violencia como forma de relacionarse. (Aunque como hemos visto en el código de la calle también lo hace la escasez de respeto.) La peligrosidad ha sido el vehículo de institucionalización de esas nuevas formas de relación. Los intercambios recíprocos se plantean a partir de la cosa intercambiada, en la prisión, si no tienes dinero que ofrecer, que es lo habitual, sólo tienes el cuerpo, el cuerpo confinado sin remisión. La violencia física y verbal se convierte en la medida de los intercambios, en la moneda. Así, la carencia genera violencia y vínculo a través de él, los otros presos quedan constituidos al tiempo en “hermanos” y amenazas.
De forma paradójica, la violencia sirve a la supervivencia de los actores en ese entorno hostil y está en el corazón del código de relación de los internos. Sin embargo, en la imposición de esta violencia como forma de relación se ejerce ya un definitivo acto de agresión. Es decir, se podría pensar la violencia, siguiendo a Benjamin (1991), como un acto de afirmación de la propia soberanía, ya que el Estado ha abandonado su ejercicio en el interior de las prisiones, pero es una soberanía que no se ejerce como afirmación, “ya que el estado no dirime mis conflictos, lo hago yo”. Lo que afirma el conflicto no es sino el yugo de los presos con respecto a unas formas de relación enquistadas que imponen la violencia y el conflicto interpersonal como la única forma de existencia e identidad en la prisión. Los códigos de hombría y valor contribuyen a propagar la violencia aunque sea dentro de una estructura de sentido o precisamente por ello. Según Delgado, del trabajo de Durkheim y Mauss por un lado y de George Simmel por otro se puede extraer la premisa de que “la guerra interna es una más de las estrategias que emplea la cohesión social para vencer las tendencias centrípetas y disolventes que de continuo experimenta” (Delgado, 1994).
Pero no hay que olvidar, que así como la carencia genera violencia, y en relación con ella, también gesta solidaridades. La camaradería es otro potente pegamento social que a veces es el reverso de la violencia y las situaciones de urgencia. Cuando la muerte está a la vuelta de la esquina, la vivencia se extrema y se intensifica y los lazos sociales pueden ser los que aten a la vida. En el confinamiento hay también amistades extremas, amores extremos, que son también el reverso de la violencia como forma de relación.
código prisión-código calle
Esta jerarquía o estructura de relaciones clandestinas que se han descrito, se edifica sobre los códigos de hombría que rigen de alguna manera entre los jóvenes del barrio, aunque las condiciones de vida en la prisión les otorga una centralidad ineludible de consecuencias extremas. Por otra parte, el intercambio es recíproco. Si bien estas formas de relación provienen de los barrios más pobres, también de las prisiones se extraen formas culturales y valores más allá del propio vocabulario a través del paso de los varones por ellas y su vuelta a la vida en el barrio.
Doggy: “Resulta que como soy criado en un cerro, también, aunque no lo quieras, te encuentras con toda esta vivencia, en las escaleras, en la calle… De repente uno está volando un papagayo (cometa), y hay un tipo más viejo por allá. Y dices: –Uy, ese tipo, todo rayado, todo cortado, y con un porrito de mariguana, el tipo volando su cometa, también tripeando (disfrutando). Ni pendiente de meterse con nadie, pero el tipo está ahí tripeando, a su manera de prisión, pues…fumándose un porrito, en chores, con una botellita de aguardiente, volando una cometa, y uuuu, con su radiecito escuchando musiquita, que sé yo, haciendo un sancocho (sopa). Eso se veía mucho, y en todo eso, subíamos los carajitos, pues, conversábamos mucho, y esa gente nos daba información de alguna manera, nos comentaban cosas, como tratando de impedir que fuéramos a ese mismo hueco, claro. Pero nosotros por ser jóvenes, y por tener también necesidades y ansias de cosas, cometemos también el mismo error que ellos y siempre vamos al mismo sitio.”
Ese “estilo” al que da forma Doggy con su relato, está anclado en una manera de estar y percibir el paso del tiempo. Lo que liga fundamentalmente el sentir de la prisión con la forma de vida de los jóvenes en los barrios es un presente continuo sin proyección hacia adelante. En parte, este vivir sin futuro impulsa un código de relaciones que potencia las respuestas violentas también fuera de la prisión. Si no preocupa el futuro porque no hay mañana ni esperanza, por qué no intensificar la experiencia a costa de la propia seguridad y la de los demás, sobre todo en relación al ejercicio de actividades delictivas que conlleven dinero “fácil” y la promesa de una vida vivida “a todo tren”. Esta percepción —unida a las escasas perspectivas de salir de la pobreza y otras condiciones de ser joven en el barrio, como el racismo o la criminalización— atenúa el poder simbólico de la prisión como amenaza aunque socialmente la cárcel se construya como el infierno, la fantasía negativa de la vida social y de los valores liberales modernos de libertad y justicia. Sin embargo, el reverso de esta función es el de la fascinación que genera puentes de sentido entre lo que se piensa que sucede y lo que realmente sucede. Esta fantasía que se crea en este espacio sin lugar, hace atrayentes los códigos de prisión para los jóvenes, porque conocer significa que tienes acceso al secreto, que has conseguido establecer un intercambio con ese mundo en la penumbra, que por una parte fascina, y al tiempo, es la imagen del infierno que hay que evitar a toda costa.
Así, si has pasado por prisión, es muy probable que tu consideración entre los jóvenes del barrio cambie porque eres más “arrecho”. Es decir, más valiente, más hombre y por tanto, más temible. La prisión se considera como lugar de aprendizaje vital, “me enseñó las cosas importantes de la vida como que la única que ha estado siempre a mi lado es mi mamá” (Ratablanca) o de experiencia mística “Dios me tocó”. Aunque en el proceso de ganar este conocimiento también se pierda alma: “la prisión te hace más lacra”, es una frase común. Y te hace más lacrar porque consigue desconectarte del entorno, lo que provoca no tener ninguna responsabilidad con los otros. Estos son los más temidos porque han perdido los lazos que los ligan a la vida de la comunidad y por tanto cualquier cortapisa en el ejercicio de la violencia.
1 Ver nuestro trabajo conjunto: http://www.archive.org/details/tallerdevideo y web de El Tiuna:
http://www.eltiuna.org/
2 Según un artículo de BBC News
http://news.bbc.co.uk/hi/spanish/specials/2005/carceles/newsid_4399000/4399178.stm
3 Todas las traducciones de estas obras citadas del original inglés son propias.
bibliografía
Anderson, E. (1999) Code of the street: Decency, violencia and the moral life of the inner city. Nueva York: Norton & Company.
Monod, J. (2002) [1968] Los barjots. Ensayo de etnología de bandas de jóvenes. Barcelona: Ariel.
Observatorio venezolano de prisiones (2007) Informe Situación de los Derechos Humanos y procesales de las personas privadas de libertad en Venezuela 2007 [En línea] Venezuela: OVP <http://www.ovprisiones.org>

